"El corazón me resbala por las tuberías de este cuarto y ya no hay forma de sacarlo."








jueves, 8 de diciembre de 2011

Me engulles.

Da gusto sentirlo cuando aparece, allá donde el sostén deja de apretar para dar a conocer un mundo interior totalmente distinto a este.

Cuando llega de esta manera: fresco, vivo y grande me engulle hasta caer rendida en la cama, porque con su capacidad de reconfortar es capaz de despertarme la ilusión hasta dormida, desperezándola poquito a poco.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Aúlla el viento contra mis oídos...

...igual que aquel lobo perdido que llama a los demás miembros de su manada. Respiro el frío húmedo de principios de Noviembre, a sorbos lentos, dejando primero que se caliente en la garganta. Me encanta sentir la bruma que empieza a agolparse en el ambiente contra mis mejillas coagulándome la sangre, mientras el calor del abrigo me abraza amablemente. Huele a castañas y a leña quemada, igual que en casa de la abuela cuando el otoño daba paso a un invierno cargado de cocidos y caldos de verdura.

Algunas luces empiezan ya a encenderse indicando el final del día, un día como otro cualquiera, y pese a eso, los niños siguen jugando, enredando entre la arena, como lo hacíamos tu y yo, con la inocencia propia de los niños, con la alegría de saberse protegidos, con la risa que se clava en cada uno de nosotros.

jueves, 28 de julio de 2011

El chico de la voz de locutor de radio.


Bastaron solamente tres segundos para que mis tímpanos se enamoraran de la melodía que brotaba de su garganta en forma de palabras. Los rumores son ciertos, podría confundirse con ese tipo famoso que nos habla del tiempo o de la crisis todas las noches por la radio cuando aún no conciliamos el sueño.
Capaz de agitar, desvirgar, acariciar y avergonzar. Capaz de amansar, mimar, asfixiar y excitar es, sin duda, la más bonita, homogénea y sutil de las voces.
Me llegaba clara y nítida, como si estuviera allí, sentada en sus rodillas y no en cualquier otra parte del mundo. Se me incrustaba tan adentro que el aire me resultaba demasiado denso para poder meterlo en los pulmones, asique trocito a trocito intenté absorber y guardar aquella sintonía para cuando necesitara escucharla, una vez que “el chico con voz de interlocutor de radio” decidiera callarse para siempre.

miércoles, 6 de julio de 2011

él

De tanto que corría se le resbalaba hasta el corazón por los poros de su piel. No soportaba quedarse en casa por las mañanas mientras Carolina aún dormía; después de ella, notar los primeros rayos de sol en su blanca piel era lo que más le gustaba. Solía despertarse mucho antes que su chica, ¿su chica? Si, era suya, y después de atarla a una enmarañada red de besos, como si de esa forma pudiera retenerla para siempre, se calzaba sus viejas deportivas grises y salía a la calle. Así, ligero, sin nada en el estómago, porque sabía que el mejor desayuno le esperaba en la cama: Carol, su Carol, la misma chica que le hacía cosquillas en los pies todas las noches hasta hacerlo patalear de la risa.

Las comisuras de Mario apuntaban hacia el cielo siempre que la recordaba, igual que cuando la abuela Julia le daba su caramelo favorito al salir del colegio. Y solamente cuando esto pasaba, apuraba el paso para regresar pronto a casa y compartir caricias con sabor a leche, que sabía que era el desayuno más nutritivo que le podría regalar.

martes, 24 de mayo de 2011

Y se duerme así, feliz.

Desde esa esquina Carolina puede ver una pequeña fisura en el pecho de Mario. Está en la perspectiva correcta, si sigue así, dentro de nada acabará viendo como todas sus entrañas susurran a gritos todo lo que ha querido escuchar durante ese minuto. Abandonarse al corazón (o al destino) es su propósito de esta semana, lo decide mientras un bostezo se le escapa de la boca y el color rojo se le clava a las mejillas. No sabe como lo hace pero sus nervios patinan y la sangre corre enloquecida para agolparse en la yugular, asfixiándola, cada vez que los ojos de Mario chocan con su piel envolviéndola en una calma y bienestar inexplicables.

Hunde los huesos en la cama, se hace un ovillo y se duerme así, feliz, sintiendo en la nuca unos cálidos labios que la hacen sonreír por última vez.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Sesenta segundos.

Hay que ver lo rápido que un individuo puede entrar en tu vida. Desconocido durante lo que dura un pestañeo, y en un minuto esa persona puede pasar a colarse entre las costuras de tus prendas haciéndose poco a poco un hueco en algún lugar de tu ecosistema. El tema es que en un solo minuto alguien puede hacerte reír o llorar, parecerte una persona encantadora o un retrasado. En sesenta segundos alguien podría merecerse un premio o por el contrario un golpe.

Después de haber pasado ese minuto decisivo, y con él la prueba de fuego con su correspondiente escaneo, debes escoger en que parte de tu pequeño mundo prefieres instalar al nuevo individuo. Y es aquí donde pasamos a hablar de días, porque la confianza no es más que la seguridad de estar en plena armonía con una persona; o de meses, porque el cariño simplemente es cuestión de espontaneidad, cuestión de constancia. El problema viene cuando esa perseverancia se interrumpe, basta un minuto para no sentirse correspondido, para sentirse un tonto.

Hay que ver lo rápido que un individuo puede entrar en tu mundo, pero más aún lo rápido que puede marcharse, dejándote, en ocasiones, una esperanza destruida, un sueño aún por cumplir.

martes, 19 de abril de 2011

Vitamina C.

Olía a sexo y amor en aquella habitación, Carolina lo podía percibir a través de sus dilatados orificios nasales mientras se apretujaba más contra su cuerpo. Le encantaba ese tipo de aire viciado porque le hacía recordar quien estaba a su lado, Mario, tan dormilón como siempre. Estaba acostumbrada a que se quedara dormido una vez que acababan de comerse, a veces eso la irritaba, pero esta vez no.

Aprovechó ese momento para abrir la ventana, el ambiente parecía renovarse llenando la habitación de un aire fresco cargado de polen. Cogió una mandarina del frutero y sentada en el borde de la cama empezó a desgajarla despacio, los pedacitos cargados de zumo desaparecían entre sus labios hasta terminarla, al mismo tiempo que la respiración acompasada del chico se hacía más irregular.

- Eh, Carolina - le dijo con los ojos cerrados. Antes de contestar, se giró y lo besó sutilmente en la mejilla aún con el aroma a cítrico en sus labios.

- Qué.

- ¿Podemos hacer el amor otra vez?