...igual que aquel lobo perdido que llama a los demás miembros de su manada. Respiro el frío húmedo de principios de Noviembre, a sorbos lentos, dejando primero que se caliente en la garganta. Me encanta sentir la bruma que empieza a agolparse en el ambiente contra mis mejillas coagulándome la sangre, mientras el calor del abrigo me abraza amablemente. Huele a castañas y a leña quemada, igual que en casa de la abuela cuando el otoño daba paso a un invierno cargado de cocidos y caldos de verdura.
Algunas luces empiezan ya a encenderse indicando el final del día, un día como otro cualquiera, y pese a eso, los niños siguen jugando, enredando entre la arena, como lo hacíamos tu y yo, con la inocencia propia de los niños, con la alegría de saberse protegidos, con la risa que se clava en cada uno de nosotros.