Sólo deseábamos una llamada, pero ninguno de los dos nos atrevíamos a
dar el paso decisivo, el de dejar a un lado el maldito orgullo y pulsar la
dichosa tecla verde.
La noche se había quedado fría, el invierno se acercaba como con
cautela, avisando de que de un momento a otro llegaría para desempaquetar sus
maletas e instalarse por una buena temporada.
Hundí mis
huesos en el sillón y tras varios intentos decidí dejar lo de la llamada para
otro día, como siempre.
A pesar de
todo eso, eres importante, más que el hambre, el sexo y que una puta llamada; lo
único que seguiría ahí cuando todo acabara, lo imperecedero.