Hay que ver lo rápido que un individuo puede entrar en tu vida. Desconocido durante lo que dura un pestañeo, y en un minuto esa persona puede pasar a colarse entre las costuras de tus prendas haciéndose poco a poco un hueco en algún lugar de tu ecosistema. El tema es que en un solo minuto alguien puede hacerte reír o llorar, parecerte una persona encantadora o un retrasado. En sesenta segundos alguien podría merecerse un premio o por el contrario un golpe.
Después de haber pasado ese minuto decisivo, y con él la prueba de fuego con su correspondiente escaneo, debes escoger en que parte de tu pequeño mundo prefieres instalar al nuevo individuo. Y es aquí donde pasamos a hablar de días, porque la confianza no es más que la seguridad de estar en plena armonía con una persona; o de meses, porque el cariño simplemente es cuestión de espontaneidad, cuestión de constancia. El problema viene cuando esa perseverancia se interrumpe, basta un minuto para no sentirse correspondido, para sentirse un tonto.
Hay que ver lo rápido que un individuo puede entrar en tu mundo, pero más aún lo rápido que puede marcharse, dejándote, en ocasiones, una esperanza destruida, un sueño aún por cumplir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario