"El corazón me resbala por las tuberías de este cuarto y ya no hay forma de sacarlo."








martes, 22 de marzo de 2011

Blanco roto.


No sabía cómo decirle que le gustaba el blanco. Sinónimo de vacío, de algodón, de vacío otra vez. Que difícil era eso de buscar sinónimos, nunca lo había hecho bien.
Que porqué le gustaba el blanco? Muy fácil, sus sábanas favoritas eran de ese color: blanco roto, como ellas.
Sabía que podría definir bien esa sensación, porque cuando se sentía blanca alguien se acercaba despacito y la pintaba de negro, quitándole la pureza, la ilusión. Odiaba el negro, y todas las noches se empeñaba en lavarse a conciencia hasta que no quedase ningún rastro de angustia. Se enfundaba en su pijama azul y no pensaba en otra cosa que no fuese ese color. Azul cobalto, como su oscuridad. Cerraba los ojos y soñaba que alguien decidiera pintarla de rojo algún día. Rojo pasión, como él.

viernes, 4 de marzo de 2011

Una de guisantes...

Mi vida sigue un camino algo descarrilado, o quizás descontrolado, exactamente como la insulina en los diabéticos o también podría decir como mis tripas en este momento, que gritan pidiendo alimento. Así es como me abro paso frente al mundo, con una sonrisa por delante y un estómago que no para de quejarse.

Hoy hay menestra para comer y solo espero que mi madre no le haya echado guisantes, aunque seguro que como siempre me llevaré una decepción, se empeña en complementar todas las comidas con ellos, pese a que sean vomitivos.

Carmen capta mi atención, hoy viste de verde, exactamente del mismo color que mi rotulador nuevo, verde guisante. Se siente observada, me mira de reojo y sonríe. En cambio Lucía no para de copiar lo que dicta la profesora, esa misma que ladra todos los días la lección con cara de perro pachón. Yoli no puede respirar y se suena los mocos, durante esta última semana su cerebro ha dejado de estar formado por materia gris para pasar a componerse de esa sustancia verde, verde guisante de nuevo. Jorge concentrado pregunta algo que a decir verdad me importa lo más mínimo mientras Natalia observa desesperada el teléfono como si de esa forma consiguiera adelantar la aguja del reloj, Javi levanta la vista del papel y me lanza un beso, lo agarro y lo retengo con todas mis fuerzas, ¡que dulce!

Estamos a tres semanas del final y tengo que admitir que a pesar de tener guisantes para comer… os echaré muchísimo de menos.