No sabría decir cuánto tiempo llevaba esperando detrás de ella,
observando su espalda rígida y su melena dorada flotando en el aire. Lo único
que sabía con certeza es que aquello no auguraba nada bueno. Era de esas que
escondían la mirada y la perdían hacia el horizonte cada vez que algo no iba
bien, dejando que las dudas y el miedo se encaramaran en el ambiente.
Y así fue. Se dio la vuelta muy despacio, demasiado, como quien no
sabe exactamente qué piedra escoger para no hacer demasiado daño y, en un susurro,
soltó la bala que tanto tiempo llevaba esquivando. No hubo principio, ni se
quedó a medias. Para ella tan solo fui eso, nada.
Qué lejos ha quedado aquello. Qué lejos...
Ni siquiera recuerdo la última vez que la vi, ni qué fue lo último que
le dije.