Me rendí ante el sueño dejando caer rápidamente los párpados. Abracé mi cojín y me quedé así, como un gusano, hasta el día siguiente.
La rutina se implantó de golpe como siempre, sin una antesala previa donde poder digerir el cambio, venía acompañada de madrugones, escuelas de baile y cocina.