Siempre
te estaré eternamente agradecida, por esa noche que, tras haberte saludado,
dejaste que entrara en tu vida.
Surgió
de repente, los dos nos vimos sorprendidos y, a la vez, atrapados. Nuestros campos
magnéticos salieron disparados uno tras otro para sentarse acurrucados bajo un árbol,
echándose de menos, devorándose con ansia.
Sabía
que tendrías el talento suficiente para que una vez visto, fueras inolvidable.