Algunas
tardes de principios de verano, cuando los rayos del sol empiezan a derretirme
el cerebro, echo de menos al invierno, solamente mientras ese sopor
incandescente se mete entre mis ropas y se va.
Es
entonces cuando la pequeña Diana, agarrada a la falda de su madre, me pregunta
“¿dónde guardarán los inviernos?”y le cuento mi secreto.
Me gusta
embotellar tormentas y envasar a vacío el frío y la nieve para cuando los
necesite, los guardo en la nevera durante todo el verano y los dosifico a mi
antojo.
Conservar un
poquito de invierno en esta época en la que abundan los excesos, un trocito de
esa calma y seguridad que nos proporcionan la cama y las sábanas de franela, me
reconforta plenamente.
Abre el paraguas, se esperan lluvias torrenciales en
el salón.