Son las tres de la madrugada y, en esta ocasión, los dos nos
encontramos observando el mismo techo que yo veo todas las noches.
Muchas veces pensé en las carreras que, hambrientos, haríamos desde la
cocina a la habitación. Por eso antes, mientras preparaba los champiñones, me
preguntaba si tú estarías pensando lo mismo, si tendrías tanto apetito como yo.
Ahora, con nuestros cuerpos agotados, me gustaría que entendieras que
podríamos sobrevivir alimentándonos de nosotros mismos, de nuestra piel, de nuestros
huesos; y para cuando ya no nos quede nada seguir escarbando hasta llegar al
tuétano.
Pero son las tres de la madrugada, mañana nos iremos y, por desgracia,
dejaremos que nuestros cuerpos mueran de inanición.