sábado, 27 de octubre de 2012
El chico de la voz de locutor de radio, II
jueves, 26 de julio de 2012
| Río Tea a su paso por Prado |
lunes, 9 de julio de 2012
Quiero vivir en un 3ºA
jueves, 17 de mayo de 2012
He dicho.
lunes, 16 de abril de 2012
Mi abuela es una mariposa.
¡A comer! grita mi madre, y mi abuela, incansable, sigue batiendo sus diminutas alas.
martes, 20 de marzo de 2012
Volvió a ser primavera
Volvió a ser primavera y a instalarse de nuevo el hormigueo típico de esta época en las zonas más erógenas de nuestros cuerpos, con el ardor, la vitalidad y las ganas de sexo que se incrusta directamente en la sangre.
Esa es mi sensación, y es la que me acompañará a casa, la que subirá los escalones conmigo y la que se meterá en mi cama.
sábado, 3 de marzo de 2012
ella.
Os imagináis si no existieran personas como ella? Debería haber una ley que obligara a crear por cada dos habitantes alguien así: con tanta energía y positivismo a pesar de todo.
Estaba sentada enfrente de mí, con esas ganas de ayudar que se le escapan por el rabillo del ojo, con los tímpanos dilatados, expectante, preparada para decir algo que posiblemente me aliviaría del peso que me oprimía el pecho. Me gustaba saber que estaba ahí, con la calidez de su sonrisa envolviéndome y tirando de mí hacia fuera. Era ella quien completaba mis frases, y nos reíamos cuando esto sucedía.
Es por eso que apoyo esa ley, porque ella, sin ser ni lista, ni tonta, ni impulsiva, ni prudente, es, por su sencillez, una de esas mujeres que todo el mundo debería tener a su lado.
sábado, 21 de enero de 2012
Solía dar saltitos cuando la alegría me inundaba.
Solía dar saltitos pequeños y agitar las manos de arriba abajo muy rápido cuando la alegría me inundaba, así, de un momento a otro, el corazón me bombeaba muy rápido y empezaba a sentir un intenso ardor en el pecho.
Desde que formas parte de mí, sin saberlo, esa parte del pasado ha vuelto. Me duelen las manos y los pies de tanta alegría y creo que no puedo remediarlo.
Cuando me dan esos ataques incontrolados, tú me ves con los ojos bien abiertos, incrédulo, hasta que, sin decir una sola palabra, comprendes la causa de mi locura transitoria y tu boca dibuja la sonrisa más grande que he visto nunca.
- Tengo miedo, Diana – decías interrumpiéndome.
- ¿De qué?
- Tengo miedo de que algún día tu alegría se acabe y dejes de saltar y agitar tus manos para siempre.