De la misma manera que un perro abandonado deambula de un lado a otro
sin saber a dónde ir, la mujer fantasma arrastra sus pies produciendo un ruido
tan cansino que la delata. Es entonces cuando sus mejillas plagadas de pequeñas
pecas se vuelven de un rojo intenso, su diminuta boca se encoje todavía más (si
es posible) y sus minúsculas manos se incrustan en los bolsillos de su cazadora
para no volver a salir en todo el día.
Porque todo en la mujer fantasma es extremadamente pequeño, hasta el
espíritu. Por sus venas no circula sangre, solo un mutismo continuo cargado de
timidez, una autoestima por debajo del subsuelo y unas ganas inhumanas de pasar
inadvertida.
Y, sin embargo, ahí está todas las mañanas, levitando detrás nuestra
sin que nos demos cuenta. Podría decirle que está loca, que no me gustan los
animales o que mi comida favorita es la lasaña, pero en lugar de eso continúo caminando
dejando que la mujer fantasma siga su camino.