"El corazón me resbala por las tuberías de este cuarto y ya no hay forma de sacarlo."








jueves, 4 de noviembre de 2010

Feliz desayuno.

Después de dormir toda la noche de un tirón, Julia se despierta aún adormilada; es igualita a su padre.
Ya hace demasiado que no habla con él, desde que las abandonó aquel 13 de octubre, no lo ha vuelto a ver.
Que ya no siente el tacto áspero de sus manos cuando le rozaba la mejilla al darle las buenas noches, ni el gusto de observar como sus padres se lanzaban miradas furtivas prometedoras de un placer futuro que llegaría en cuanto ella desapareciera entre sus sábanas. Recuerdos.
Se sienta al borde de la cama con sus pequeños piececitos número 35 colgando y respira una bocanada de aire con olor a desayuno, casi puede imaginar a Alejandra, su madre, preparando las tostadas y la leche en la cocina. Rutinas.
Desde que Eduardo decidió marcharse, su madre se ha transformado en un esqueleto. A Julia le da miedo tocarla, le parece un accidente de lo más tonto pincharse con una de las muchas vértebras que sobresalen de su fina capa epidérmica.
No se imagina el motivo por el que se marchó, la pequeña Julia solo sabe que todo ha perdido sentido a su alrededor, hasta rozar con la punta de los dedos lo absurdo. Cada trocito de agua salada que se desliza hacia su exterior intenta aseptizar su diminuto gran corazón.
Llega a la cocina e inhala de nuevo el olor a leche hervida.
Buenos días mamá, feliz desayuno.