Solía dar saltitos pequeños y agitar las manos de arriba abajo muy rápido cuando la alegría me inundaba, así, de un momento a otro, el corazón me bombeaba muy rápido y empezaba a sentir un intenso ardor en el pecho.
Desde que formas parte de mí, sin saberlo, esa parte del pasado ha vuelto. Me duelen las manos y los pies de tanta alegría y creo que no puedo remediarlo.
Cuando me dan esos ataques incontrolados, tú me ves con los ojos bien abiertos, incrédulo, hasta que, sin decir una sola palabra, comprendes la causa de mi locura transitoria y tu boca dibuja la sonrisa más grande que he visto nunca.
- Tengo miedo, Diana – decías interrumpiéndome.
- ¿De qué?
- Tengo miedo de que algún día tu alegría se acabe y dejes de saltar y agitar tus manos para siempre.