Todas las
noches me daban las dos de la mañana leyendo. Era esa una costumbre veraniega que me
impedía levantarme a una hora medianamente decente al día siguiente. De esa
forma el desayuno venía a la una de la tarde y la comida casi a las cuatro.
No había manera de comer temprano en esa casa, como si
el estómago llevara insertado un
despertador que se activaba solamente a esa hora del día, y así, la tarde pasaba
más que volando, a galope. Entre siestas en el sofá, tardes de piscina o
pequeñas meriendas sobre la arena de una playa abarrotada de gente. El verano pasaba como sin frenos cuesta abajo, pero ahí
estábamos nosotros, aprovechando cada minuto de esa rápida pendiente.
Como siempre... (lo describiré en dos palabras) in-superable.
ResponderEliminarComo leí en una famosa triología... elevas lo normal a la categoría de extraordinario.
Sigue así Arancha