Llegados a este punto de inflexión, me siento afortunada.
Fuera hace mucho frío, pero aún así, bajo un poco la ventanilla del
coche empañado por el calor de nuestros besos y estiro las piernas por encima
del asiento. A falta de un cigarrillo me encanta hablar un poco de nada en
particular mientras nos acariciamos con la mirada. Sonrío y te pregunto “¿en
qué piensas?”, mi expresión se derrite cuando te acercas y me susurras un
tímido “¿nos casamos?”.
Es entonces cuando siento que somos afortunados. Tu, por tener la
suerte de tenerme cerca, por besarme las palmas de las manos y los dedos, los
párpados, los labios, la punta de la nariz y debajo de la barbilla. Yo, por
tener la suerte de encontrarte.
Los dos sabemos que nuestra situación es difícil, pero es nuestra. Con
nuestra pena, nuestras reflexiones, nuestro amor, nuestra tortura. Nuestra
situación… sólo es eso, nuestra.
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